Desde hace días… bueno, desde hace mucho tiempo, que pienso en las expectativas. En las propias, en las ajenas. En las que se expresan públicamente, las que se callan en la privacidad de dos o tres, y las que jamás se comentan. Todas son expectativas.


Desde que uso redes sociales, y específicamente Facebook, la cuestión de la expectativa está tan a flor de piel como la tentación irresistible de mirar la intimidad del otro, aquella pulsión de la que habla Lacán . Por supuesto que es una elección: te expongas o no te expongas. Y cuando decidís por cualquiera de las dos, siempre tendrás detractores. Lo cierto es que cuando estás en la pista de baile no te queda otra que bailar y es ahí cuando surgen las expectativas quebradas. Esa imagen de uno o de otra persona, que hacemos como infalible, idílica e idealizada. “La otra persona es perfecta, nunca pasa por los males mortales a los cuales me enfrento todos los días” suele ser el pensamiento de aquellos expectantes que sorprendidos son cuando el objeto de su expectación no actúa como lo espera. Cuando esto sucede viene la exigencia para la persona objeto de cumplir el deseo de la persona sujeto. Literalmente se pretende modificar la vida de la otra persona como si fuera un libreto barato de novela de TV. Así es que, por ejemplo, si haces un comentario de opinión sobre un deporte adverso a lo que se esperaba que dijeras te puede caer un sablazo de vaya una a saber quién, porque además te puede pasar que ni siquiera conoces a la persona de altas exigencias.

Lacan trata el tema de la mirada en diversos seminarios, pero es en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, en que discute el libro Lo visible y lo invisible del filósofo Marleu-Ponty, cuando establece una diferencia fundamental entre la mirada subjetivante y la función fisiológica del ver. La primera está relacionada con el deseo del otro materno, y es la que introduce al niño en la imagen de un cuerpo propio y unitario. La mirada es condición necesaria, pero no suficiente, para la constitución del sujeto; para que el cuerpo de un cachorro humano sea algo más que un «cacho de carne» es indispensable que en esa mirada exista un corte, algo que ponga límite a la mirada omniabarcante del otro; es necesario introducir a la mirada en la dialéctica del fort-da. El juego del «ahora me ves-ahora no me ves» pone un límite a la mirada, impidiendo que el sujeto sea devorado por el goce escópico del otro.

Casi sin quererlo te conviertes en un modelo para armar, del cual no encajas porque no es tu forma, sino la forma que alguien proyectó de tu persona. Porque la teoría lacaniana habla de la formación del ser y nosotros ya somos seres adultos psicológicamente formados o mal formados, todo vale, todo puede ser.

El hecho es que cuando en el ejercicio de tu libertad democrática pregonada por los agoreros de ésta era de comunicación digital y sobreexposición mediatizada, realizas un acto que no es el esperado ocurre la hecatombe de ser el otro amado a ser el otro odiado, a quien le podes propinar tu mayor imposición. No importando si el problema empezó en tus expectativas en la acción o no acción del otro. Tampoco importa si soy quien provoca la reacción virulenta porque metiéndome en su casa, me quité el calzado y comencé a limpiarme la mugre de las uñas con el tenedor que yacía en una mesa servida para comer. Así de repulsivo, asqueroso, desubicado, maloliente, resultan los reclamos porque el otro no cumplió con mis expectativas.

Muy en lo personal, hasta lo siento como un imperativo absoluto del deber ser que no cuaja con lo que soy, con quien soy, con como me criaron mis padres, como me formaron mis mayores y como decidí vivir. No soy un modelo para armar según el gusto del otro, simplemente soy. Existo por fuera de la mirada del otro.

La sobre exposición hace que se noten más las exigencias, y por supuesto se ven más los defectos, que en definitiva son las cosas que nos decepcionan de los demás. Y que de alguna manera, mágica, le han hecho creer a quienes son el sujeto observador, que tienen la potestad de emitir un concepto irrevocable, inmodificable de alguien que no conoce personalmente sino a través de alguna mediación preexistente: un poema, una canción, un cuento, una nota periodística, una interpretación de un personaje, una obra teatral, una función específica que cumplió en cierta circunstancia.

Muchas veces tengo ganas de gritar a los cuatro vientos: ¡hacete cargo de tus expectativas, que con las mías ya es suficiente!

Por eso me gusta la historia de Jesús y la mujer adúltera. Una turba queriéndola apedrear. Jesús dibujando en el piso sin levantar la mirada, ni la voz… sin dejar lo que estaba haciendo reflexiona: Aquel que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Seguía dibujando en la tierra. No escuchó una sola respuesta. Tampoco ningún apedreo ni grito de mujer golpeada. Ahora sí levantó su mirada y le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿nadie te ha condenado?.Nadie, Señor.– respondió la mujer. Entonces Jesús observa a la mujer, mira a su alrededor y pronuncia esa frase liberadora: Ni yo tampoco. Vete y no cometas más errores. No peques más. ¡Tremendo!

La gente esperaba que el Maestro ejerciera condenación, estaban dispuestos a ejecutar un juicio que estaba sentenciado. La mujer esperaba la ejecución y Jesús cambia la historia al obligar a correrse de la expectativa popular. Se mueve del foco y con él mueve a la mujer condenada al derrotero de piedras, palos y patadas. No permite que la expectativa del otro lo domine.

¿Estás poniendo el foco en el objeto equivocado? Todavía estás a tiempo de hacer foco en el objeto indicado. ¡No me condenes! Dios no ha terminado conmigo, ni me ha condenado.

Agosto 2010.

One Response so far.

  1. Elinor dice:

    Es decir, no esperes nada de nadie para que luego no te ofendas, se dice facil…buen artículo.

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